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Época Tardía


«Confiáis en la fuerza de una caña rota»
                                                              El rey Asurbanipal al pueblo egipcio

A finales de la Dinastía XXV el empuje de los asirios se hizo cada vez más fuerte. El faraón Taharqo resistió la invasión de Seanaquerib, aunque tuvo que sacrificar Menfis, que fue ocupada por el ejercito asirio, mucho más numeroso y mejor equipado que las fuerzas egipcias. Finalmente, el último faraón nubio, Tanutanami, tuvo que huir hasta Napata mientras las tropas de Asurbanipal saqueaban los tesoros de Tebas, destruyendo una de las ciudades más famosas del mundo.

Pero los asirios no se pudieron quedar en Egipto durante mucho tiempo. El espíritu de independencia egipcio fue encabezado por Necao, un descendiente de Tafnajt, perdonado por el rey asirio que le reinstauró en Sais. Pero el verdadero fundador de la Dinastía XXVI es Psamético, que hacia el 653 a.C. doblega el poder de los pequeños estados independientes que se habían unido voluntariamente en el delta bajo la forma de una dodecarquía, y nombra a su hija Nitocris Gran Esposa del dios Amón en Tebas, como ya lo hiciera Pianji años antes, devolviendo de nuevo la unidad a todo el país. La prosperidad que se inicia en este período está marcada principalmente por el comercio con Grecia, cada vez más intenso, lo que motiva al faraón Necao II a construir un canal que conecte el Nilo con el Mar Rojo, proyecto que no llega a finalizarse nunca.

En el año 525 a.C. Psamético III es derrotado por el rey Cambises, convirtiendo a Egipto en una provincia del Imperio Persa bajo el dominio de los reyes Cambises, Darío I, Jerjes I, Artajerjes y Darío II, que son considerados los integrantes de la Dinastía XXVII. Pero los persas, como antes los asirios, no podían mantener abiertos muchos frentes, y esto determinó su salida de Egipto tras el fracaso de la batalla de Maratón contra los griegos. Durante la última parte de esta primera dominación persa de Egipto se produce el famoso viaje de Herodoto, que recorrió el país describiendo sus costumbres.

Manetón llama Dinastía XXVIII a la formada por un solo rey llamado Amirteo de Sais, el mismo al que Diodoro llama Psamético, y le atribuye la muerte de Tamos, jefe de los mercenarios de Ciro el Joven. La Dinastía XXIX, que procedía de Mendes, reinó unos veinte años con cuatro o cinco príncipes, y debió de coincidir con un período de prosperidad, a juzgar por los monumentos que se encuentran por todo el país. Durante esta época Egipto entra en el juego de alianzas que domina en el Egeo, y que impiden de momento el retorno del dominio persa. La Dinastía XXX, formada por Nectanebo I, Teos y Nectanebo II, fue la última del Egipto independiente. Persia organizó una gran invasión de Egipto que tras muchas vicisitudes consiguió hacer huir al faraón Nectanebo II a Nubia, donde desaparece su rastro. Egipto volvió a ser una satrapía persa a la que algunos llaman Dinastía XXXI, aunque otros investigadores no lo comparten.

Esta segunda dominación persa sólo duraría diez años. Los griegos conquistaban todo el oriente de la mano de Alejandro Magno, y a Egipto también le llegó su turno el año 332 a.C. en el curso de la campaña que acabó con la derrota del rey Darío III Codomano y la destrucción del Imperio Persa. Alejandro entró en Egipto aclamado como un libertador, tras acceder a la petición de un sacerdote de Heracleópolis, llamado Smotutenajt, que le instó a liberar el país del yugo persa. Siguiendo con la política conciliadora que había establecido antes en Grecia, Alejandro conservó la mayoría del sistema administrativo y de las instituciones egipcias, pero retuvo en sus manos el poder político valiéndose de fuertes medidas económicas y militares. A pesar del poco tiempo que el joven conquistador pasó en Egipto, su estancia fue decisiva. La mayoría de los historiadores antiguos relatan su visita al santuario de Amón en el oasis de Siwa, donde el oráculo le habría informado de su origen divino y le habría predicho la creación de su imperio. Según la tradición, a la salida del templo, el sacerdote le habría respondido con el saludo reservado a los faraones, tratándole como «hijo de Amón». El legado de Alejandro fue la fundación de su propia ciudad, Alejandría, en la costa del Mediterráneo, que llegaría a convertirse en un emporio tanto comercial, gracias a su puerto, como intelectual, debido a la existencia de su famosa biblioteca.



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