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Orígenes míticos


«La Gran Esfinge Harmakhis monta guardia en el extremo norte desde los tiempos de los Seguidores de Horus, una estirpe de seres semidivinos y predinásticos que, según las creencias de los antiguos egipcios, habían gobernado esta región miles de años antes que los faraones históricos» 

                                                                       Gaston Maspero
                    The Dawn of Civilization: Egypt and Chaldea (1894)

 

Los antiguos egipcios reconocían sus orígenes en el mítico tep zepi o «tiempo primero», el tiempo eterno en el que se pasa de la no existencia (lo que todavía no es) a la existencia (lo que todavía es), dando origen a una condición cósmica en la que vivían los dioses. Todo el cúmulo de historia sagrada que conocemos como mitología egipcia, tuvo lugar durante este «tiempo primero», cuando los dioses vivieron sobre la tierra. En los Textos de las Pirámides, esculpidos en el interior de las pirámides de las Dinastías V y VI, se hacen repetidas referencias a esa era remota en el que el divino Osiris ocupaba el trono de Egipto y enseñaba a los hombres la explotación de la tierra, la forja de los metales y la arquitectura. Su hermana y esposa celeste, la diosa Isis, curaba a los enfermos y enseñaba a las mujeres las artes del hogar. El dios Thot, compañero inseparable de la pareja, enseñaba a los hombres el uso de la escritura y el conocimiento de las ciencias.

Pero esta edad de oro, en la que hombres y dioses convivían sobre la tierra, encontraría su final a manos del hermano malo de Osiris, el dios Seth, que envidioso de la popularidad de su hermano, le tendió una trampa y lo mató. Horus, el hijo de Osiris e Isis, se encargaría de vengar a su padre y de restaurar el orden, haciendo retroceder al caos. Más tarde, iniciaría a los hombres en el arte de gobernarse a sí mismos, dando así comienzo a las seis dinastías, semidivinas primero y después humanas, que reinaron en Egipto antes de la unificación del país.

 

Papiro Real de Turín con con textos en escritura hierática

 

Aunque esta historia revista el aspecto de un mito, el historiador griego Manetón la refiere como un hecho real, que según la versión de Sincelo, habría acontecido once mil novecientos ochenta y cinco años antes de que el rey Menes fundara la Dinastía I. Aunque la versión armenia de Eusebio retrasa aún más esta fecha, hasta los veinticuatro mil novecientos veinticinco años. Manetón habla sobre nékyes hoi hemítheoi, los espíritus semidivinos, mientras que la Piedra de Palermo y el Papiro real de Turín, donde también se describe esta época, hacen referencia a los mismos personajes como Shemsu Hor, los espíritus seguidores de Horus.

Desde los tiempos más primitivos, los faraones de Egipto creyeron que su condición de reyes la heredaban del dios Horus y esto les obligaba a ser garantes del orden terrestre como reflejo del orden cósmico. La luz debía prevalecer siempre sobre las tinieblas para que la paz y la prosperidad fueran duraderas. A lo largo de las primeras dinastías, muchos faraones antepusieron el nombre de Horus al suyo propio, y utilizaron la efigie del dios sobre su propio emblema como símbolo de ese pacto entre el cielo y la tierra.

No han faltado arqueólogos y científicos, de numerosas disciplinas diferentes, que han buscado entre las ruinas indicios de la existencia de este Egipto protohistórico, elaborando algunas hipótesis interesantes o al menos sugestivas. El eminente egiptólogo británico Sir Wallis Budge[1] escribió en 1911 que la religión del antiguo Egipto se derivaba de pueblos indígenas del noreste y del centro de África, entre los que había encontrado numerosas similitudes con la religión egipcia. También a primeros del siglo XX, el egiptólogo alemán Kurt Heinrich Sethe[2] había supuesto la existencia en el delta de un reino fabuloso que habría extendido sus dominios por esta región mucho antes de la llegada de la Dinastía I. En la actualidad, el historiador Robert Bauval[3] defiende que Egipto surgió de una sofisticada civilización africana que habría existido milenios antes que la civilización de los faraones. Y los estudios del geólogo Robert M. Schoch[4], de la Universidad de Boston, han demostrado que la erosión de la Gran Esfinge de Guiza está íntimamente ligada a la acción del agua, hecho sobre el que ha apoyado la teoría de que su construcción es mucho más antigua de lo que se piensa. De ser cierto, la Esfinge pudo ser esculpida cuando el clima de Egipto era aún una sabana húmeda y las precipitaciones mucho más frecuentes que en la actualidad, lo que le conferiría a la escultura una antigüedad de entre siete mil y nueve mil años. Esta hipótesis ha sido calificada por otros investigadores de imposible, ofreciendo numerosas interpretaciones alternativas que, sin embargo, tampoco resultan concluyentes.

 

Las tres formas del Sol en la tumba de Tausert y Sethnajt

 

Por lo general, el mundo académico rechaza sistemáticamente todas las conclusiones sobre la prehistoria egipcia basadas en los mitos, en los textos religiosos y en la distribución de los diferentes cultos, estando muy lejos de aceptar, ni siquiera como posibles, semejantes hipótesis, a las que generalmente se tachan de pseudocientíficas, sin prestarles la menor atención. Esto no ha evitado, sin embargo, la enorme popularidad de algunas teorías difundidas masivamente durante las últimas décadas, como el posible origen de la cultura egipcia a partir de los restos de la Atlántida o la contemporaneidad de la Gran Pirámide con esta mítica civilización de la que Platón nos habla en sus Diálogos.

 

[1] Osiris and the Egyptian Resurrection, Illustrated after Drawings from Egyptian Papyri and Momuments, P. L. Warner, Londres, 1911.

[2] Sethe, K. Die Horusdiener. En Beiträge zur älteste Geschichte Agyptens. Leipzig, 1905.

[3] Bauval, R. Black Genesis: The Prehistoric Origins of Ancient Egypt.

[4] Schoch, R.M. Origins of the Sphinx: Celestial Guardian of Pre-Pharaonic Civilization.

 



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