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Reino Antiguo


«¿Cuándo se erigieron estas pirámides? Wilkinson defendió ardientemente su gran antigüedad y afirma que datan del siglo XII antes de la era cristiana. Pero Wathen ha llegado a la conclusión de que no se remontan más allá del siglo X antes de Cristo».

William Brockedon.

El Reino Antiguo comenzó hacia el 2686 a.C. y abarcó cuatro dinastías, desde la III a la VI. Los egipcios recordaron siempre al Reino Antiguo como el período de máximo esplendor, cuando se forjaron los rasgos distintivos de su cultura y se afianzaron los valores que la sostendrían durante toda su historia. Fue una época de orden político, bienestar material y paz duradera. Desde el punto de vista artístico fue imponente. La arquitectura evolucionó con una rapidez y una eficacia que aún hoy resultan desconcertantes. Durante el Reino Antiguo se levantaron las construcciones más fastuosas y sorprendentes que existen sobre la tierra: las pirámides. Por otro lado, la pintura y la escultura alcanzaron cotas de belleza y perfección que difícilmente serían superadas por las realizaciones posteriores. De las obras de los artistas de esta época surgirían los cánones estéticos que se mantendrían vigentes e inmutables durante treinta siglos de historia.

 

Estatua del rey Dyeser en el Museo Egipcio de El Cairo

 

El primer signo de transición hacia el nuevo período histórico fue el abandono de la hasta entonces necrópolis real de Abidos. Los nuevos soberanos de la Dinastía III prefirieron edificar sus sepulcros en las proximidades de la capital, Menfis. El sucesor de Sanajt, su hermano Dyeser Necherjet, mandó construir en Saqqara, junto a las soberbias mastabas[1] de los nobles menfitas, un vasto monumento religioso y ceremonial que serviría para la celebración del Heb-sed, la fiesta de regeneración del faraón después de treinta años de reinado. Un personaje casi mítico, llamado Imhotep, ideó para el monumento una arquitectura revolucionaria, utilizando por primera vez en la historia la piedra como material de construcción, en vez del adobe y los materiales ligeros. Su genio alcanzaría el máximo grado de expresión en la famosa pirámide escalonada que construyó en el centro del complejo para que sirviese de sepulcro al faraón.

Imhotep no sólo era el arquitecto de Dyeser, también fue su visir y consejero, además de ejercer como escultor y médico, y hacer importantes reformas, como la del calendario. Los egipcios lo divinizaron y le rindieron culto como dios-hombre. Su obra maestra es considerada la primera pirámide construida en Egipto y en todo el mundo. El exterior de la pirámide escalonada estaba revestido de fina piedra calcárea, ahora mayormente destruida. Su interior aún conserva la decoración original de azulejos blancos y azules, dispuestos en franjas de gran belleza. Aunque su estado es ruinoso, recientes obras de restauración han reforzado las caras externas, los pasadizos de acceso y la cámara del sarcófago del Rey, lo que ha permitido su apertura parcial a las visitas de los turistas. Junto al sarcófago del faraón, se hallaron también varios sarcófagos pertenecientes a su familia, aunque la momia de Dyeser nunca fue encontrada. Junto a la pirámide existe un pequeño recinto, el Serdab, que estaba dedicado al ka del faraón. En su interior apareció una espléndida estatua de Dyeser, esculpida en piedra caliza seguramente por el propio Imhotep.

 

Pirámide escalonada de Saqqara

 

A Dyeser le sucedió Sejemjet, cuya pirámide apareció en 1951 junto a la de su antecesor, gracias a los trabajos de Zakaria Goneim[2]. Los últimos faraones de la Dinastía III fueron Jaba, que construyó la llamada «pirámide inacabada» al sur de Guiza, y Huni, que edificó su sepulcro en Meidum, cerca de El Fayum. La pirámide de Huni, originalmente escalonada, fue posteriormente recubierta para adquirir la forma geométrica original de una pirámide, con sus caras lisas y sin escalonamientos, sirviendo de modelo para las construcciones posteriores. Generalmente se atribuye al faraón Seneferu la construcción de este recubrimiento exterior, en la actualidad completamente destruido.

El faraón Seneferu dio origen a la Dinastía IV, a la que debemos las más famosas pirámides de Egipto, las de los faraones Keops, Kefrén y Micerinos, en la meseta de Guiza. Seneferu aparece muchas veces en la literatura posterior[3] como prototipo del buen rey que es aconsejado en sus decisiones por sus magos y gusta de la naturaleza y de la buena vida. Fue un faraón muy guerrero, que realizó importantes campañas en Nubia, Libia y el Sinaí. Durante su mandato se desarrollaron el comercio y la minería, actividades que proporcionaron una gran prosperidad al reino. Construyó al menos dos pirámides en Dahshur, al sur de Saqqara, las conocidas como la Pirámide Acodada o Romboidal y la Pirámide Roja, y hay quien le atribuye también la autoría de la pirámide de Huni, no sólo la de su recubrimiento.

Pirámide acodada de Dahshur atribuida al rey Seneferu

 

Gracias a las numerosas pirámides y mastabas excavadas en Guiza, se conocen los nombres y actividades de muchos personajes de esta época. Uno de los hallazgos más importantes, realizado en 1925 junto a la Gran Pirámide, fue la tumba intacta de la reina Hetepheres I, madre del faraón Keops. Otras tumbas descubiertas fueron las de Meritates, gran esposa real de Keops, Hetepheres II, hija de Meritates, y la reina Henutsen, madre de Kefrén.

El más famoso faraón de la Dinastía IV fue sin duda Keops, nombre griego con el que conocemos al rey Jufu, hijo y sucesor de Seneferu. A él se atribuye la construcción del mayor edificio erigido en la antigüedad y el más alto del mundo hasta la era moderna, la Gran Pirámide, única de las siete maravillas del mundo antiguo que aún sigue en pie. A Jufu le sucedería su hijo Dyedefre, que sólo reinó ocho años y construyó una modesta pirámide en Abu Rawash. El siguiente faraón sería Kefrén, en el egipcio original Jafra, al que Manetón menciona como Sufis II, constructor de la segunda pirámide de Guiza y de la Esfinge; y finalmente Micerino o Menkaura, constructor de la tercera pirámide, la menor de las tres. Durante el reinado de la Dinastía IV la civilización egipcia alcanzó la cumbre de su desarrollo, que se manifestó en numerosos campos del saber como arquitectura, escultura, pintura, navegación, astronomía y medicina.

 

Elvira Solano frente a la Gran Pirámide de Keops en Guiza

 

La influencia de los sacerdotes de Heliópolis[4] parece que fue decisiva en los inicios de la Dinastía V. Userkaf, Sahura, Nyuserra y Unis, construyeron numerosos santuarios y templos solares, como los de Abu Gurab y Abusir, al norte de Saqqara, los únicos que aún se conservan. Las preferencias religiosas de los faraones de las Dinastías IV y V se fueron inclinando hacia el culto de Ra, personificación del Sol, adoptando en sus propios nombres el nombre de este dios en lugar del de Horus, como era tradición. Desde esta época, el título Sa Ra, Hijo de Ra, sería inseparable de los nombres de los faraones hasta el final de la historia egipcia.

Los faraones de la Dinastía V adoptaron también la costumbre de decorar las paredes de sus pirámides con textos jeroglíficos, de incalculable valor epigráfico y arqueológico. Estos escritos se han dado a conocer como los Textos de las Pirámides, y están formados por fórmulas de ofrendas, fórmulas mágicas, exhortaciones a la transfiguración del alma del difunto y otros textos varios, entre los que se encuentran himnos de la ceremonia de coronación de los reyes o fragmentos del ritual de la Apertura de la Boca. Otro documento importante para el estudio de esta época es el Papiro Westcar, conservado en el Museo de Berlín, que narra los orígenes de la Dinastía V y el triunfo de la teología solar durante los siguientes ciento cincuenta años.

 

Textos de la Pirámides en el interior de la pirámide de Unis en Saqqara

 

El final del Reino Antiguo sobrevino hacia el año 2181 a.C., tras los reinados de Merenre y la reina Nicrotis, debido a la descomposición del poder central y la cada vez mayor influencia e independencia de los nomarcas[5] locales. Un factor importante en este proceso fue previamente el largo reinado del faraón Pepi II Neferkara, predecesor de Merenra, que se mantuvo en el poder durante noventa y cuatro años, tal y como se relata en el Papiro real de Turín. Su larga permanencia en el trono facilitó el progresivo desgaste y la descomposición de la administración del Estado, y desembocó en la división política del país y el caos. Estos acontecimientos están descritos con gran detalle en el Papiro Leiden, donde se desarrolla un famoso relato conocido como Las admoniciones del sabio Ipuuer, en el que este personaje se lamenta de la decadencia de los valores tradicionales y la corrupción de los funcionarios. La caída del Reino Antiguo trajo consigo la llegada de una larga Edad Media para la historia de Egipto, conocida con el nombre de Primer Período Intermedio.

 

[1] La palabra mastaba es de origen árabe y significa «banco» o «banqueta». Son tumbas de planta rectangular y forma troncopiramidal muy características de las primeras dinastías. Fueron bautizadas con este nombre por los obreros que trabajaban en las excavaciones y que comparaban la forma de estas construcciones con la de sus propias banquetas, en las que se sentaban a la puerta de sus casas.

[2] Goneim, Z.: Excavations at Saqqara, Horus Sekhem-khet. The unfinished step pyramid at Saqqara, I, Cairo, 1957.

[3] La Profecía de Neferti y el Papiro Westcar.

[4] Heliópolis era un complejo religioso, de enormes proporciones, dedicado al culto solar. Actualmente se encuentra desaparecido bajo el subsuelo de la moderna capital de Egipto, El Cairo. El único resto del antiguo templo del Sol de Heliópolis es uno de los dos obeliscos que presidían la entrada. Fue mandado erigir por el faraón Senusert I hacia el 1700 a.C. y puede visitarse en el barrio cairota de el-Mattareya, junto a un pequeño museo con piezas procedentes de las excavaciones del lugar.

[5] La administración del territorio estaba dividida en circunscripciones llamadas en egipcio sepat, que se tradujo al griego como nomos o provincias, a cargo de un nomarca o gobernador.

 



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