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Reino Nuevo


«Tebas ha existido antes que cualquier otro lugar; el agua y la tierra estaban en ella en el origen de los tiempos, y la creación del mundo y de los dioses se hizo en Tebas, gracias a su dios, Amón».
                                                                                                                    De un papiro de la dinastía XIX

Fueron quinientos años de esplendor tras los cuales Egipto iniciaría su larga e inevitable decadencia, que aún se prolongaría durante mil años más, hasta su completa desaparición integrado en el Imperio Romano. El Imperio Nuevo dio comienzo el año 1570 a.C. con la reunificación de Egipto y la fundación de la Dinastía XVIII por el faraón Ahmose I, y terminó en 1083 con el último rey de la Dinastía XX, Ramsés XI. Sus principales características fueron la centralización de la administración una vez más, la estabilidad del gobierno de los faraones, el desarrollo del comercio y la expansión territorial hacia Palestina y Siria, con el consiguiente enfrentamiento con el imperio hitita.

Ahmose I y su esposa, la reina Ahmose Nefertari tuvieron una hija, la princesa Ahmose, que se casó con el siguiente faraón, llamado Djehutymose, más conocido por el nombre griego Tutmosis. Con Tutmosis I se iniciaron las grandes obras de reforma y ampliación del templo de Amón en Karnak, que se prolongarían a lo largo de todo el Imperio Nuevo con la aportación constante de nuevas construcciones emprendidas por casi todos los faraones de este período. También dio comienzo la costumbre de enterrar a los faraones en tumbas subterráneas excavadas en una árida zona del desierto, en la orilla occidental de Tebas, conocida actualmente como Biban el-Moluk, el Valle de los Reyes.

Su sucesor, Tutmosis II, mantenía una precaria situación en el trono debida a su condición de hijo de una esposa real menor, la princesa Mutnefret, hermana de la reina Ahmose. Para afirmarse en el trono desposó a su hermanastra Hatshepsut, hija de Tutmosis I y la reina Ahmose, con la que reinó durante catorce años. A la muerte de Tutmosis II, Hatshepsut inició un periodo de regencia justificado por la juventud del nuevo rey, Tutmosis III, para terminar ocupando el trono de su hijastro el segundo año de su reinado. Mujer de una inteligencia notable, supo hacerse con el apoyo de los nobles que la mantuvieron en el poder hasta su muerte en 1483 a.C. Adoptó los títulos de faraón y gobernó en solitario. La tradición le atribuye una bella historia de amor con su arquitecto Senmut, constructor de uno de los monumentos funerarios más sobrecogedores de la orilla oeste de Tebas, el templo de Deir el-Bahari, en cuyos relieves se representa el nacimiento divino de Hatshepsut y su coronación como faraón en presencia de su padre Tutmosis I. También se relata aquí la expedición comercial llevada a cabo al País del Punt, del que los barcos egipcios volvieron cargados de riquezas y mercancías exóticas. La reina del Punt, Eti, aparece en los relieves acompañada de su marido frente a numerosos sirvientes que cargan ofrendas para la reina de Egipto.

Se conjetura si Tutmosis III, cansado de esperar, conspiró contra Hatshepsut hasta conseguir gobernar, pero nada hay seguro al respecto. Lo que sí es seguro es que el nombre de Hatshepsut se borró de las listas de los reyes de Egipto y muchos de sus monumentos fueron alterados, aunque no se puede precisar ni en qué época ni el motivo por el que esto ocurrió. Tutmosis III se reveló como un estratega excepcional. Durante el reinado de Tutmosis II, este ya había protagonizado algunas conquistas en Siria y Nubia, pero no es hasta la llegada de Tutmosis III que podemos empezar a hablar de un imperio egipcio en Asia. Protagonizó diecisiete campañas militares en Siria, motivadas por la insurrección del príncipe de Kadesh y por el deseo de arrebatar al imperio de Mitanni el control sobre esta área y su rico comercio. Los sucesores de Tutmosis III protagonizaron un período de paz que sólo necesitó mantener los logros del faraón conquistador. Con la subida al trono de Amenhotep II, Egipto y Mitanni firmaron un tratado que mantendría el equilibrio internacional en la zona hasta la caída de la dinastía de Mitanni, tras la muerte de su rey Shuttarna II.

Durante el reinado de Amehotep III se va gestando poco a poco la crisis religiosa que desembocará en la llamada herejía de Amarna, protagonizada por Amenhotep IV, más conocido por el nombre de Ajenatón. Amenhotep III gobernó durante treinta y siete años de estabilidad y prosperidad. Se casó con la reina Tiyi, una mujer inteligente hija de una pareja de nobles llamados Yuya y Tuya, y tuvo dos hijos y cuatro hijas. Gobernó un Egipto inmensamente rico, que gozaba de un verdadero apogeo. Durante su reinado, Egipto se convirtió en la primera potencia del Mediterráneo y en el faro de la civilización. El prestigio del país se extendió más allá de sus fronteras, al punto que grandes potencias como Babilonia y Mitanni no se atrevían a provocarlo. En el interior se disfrutaba de un equilibrio sereno y una economía próspera, gracias a la cual la actividad artística recibió un considerable impulso. Constructores notables, como el maestro de obras Amenhotep, el hijo de Hapu, y los arquitectos Suti y Hor, emprendieron fastuosas construcciones como las del Templo de Luxor, en la orilla oriental de Tebas, y el templo funerario del faraón, en la orilla occidental, del que sólo sobreviven los Colosos de Memnón.

La aventura amarniana

«A nadie parece hacerle llamado la atención el rostro tranquilo del soberano, como bañado en la luz suave de las certidumbres al fin descubiertas».
                                                                                                                 Jean Servier

Pero la muerte del príncipe heredero sin gobernar, cambiaría el curso de los acontecimientos. Tras la muerte de Amenhotep III, le sucedió su segundo hijo, Amenhotep IV. Durante esta época se produce la asimilación del dios tebano Amón a otros dioses, como Ra, Atum, Harajti, Jnum, Jefri, Min, y su forma visible, Atón, el disco solar. Esto provocó algunas tensiones y rivalidades con los principales templos de Egipto, sobre todo con el templo solar de Heliópolis, en las proximidades de Menfis, que no dudó en ejercer su influencia sobre el joven rey. También se ha barajado la hipótesis de que los cambios ideológicos y religiosos de la corte durante estos años, pudieron verse influenciados por la presencia en el harén real de la princesa mitannia Giluepa, hija del rey Shuttarna II, con la que se casó Amenhotep III como garantía de una alianza entra ambas naciones.

Sea como fuere, en el quinto año de su reinado, Amenhotep IV cambió su nombre por el de Ajenatón, y el culto del dios Amón por el del disco solar Atón. Aunque en un principio ambos cultos coexistieron, las presiones de los sacerdotes de Amón terminaron por decidir al rey el traslado de la capital del reino a una nueva ciudad construida en el Egipto Medio, cerca de la actual Minia, la ciudad de Ajetatón, el horizonte de Atón. La corte se cambió a la nueva capital, junto a un numeroso grupo de seguidores, y el culto al dios Amón quedó proscrito. Se desconoce el alcance real que tuvo la aceptación de la nueva religión, que pudo ser adoptada sólo por las clases más altas de la sociedad egipcia, y tal vez sólo en apariencia, mientras que el pueblo llano seguía adorando a sus dioses tradicionales. La administración del Estado quedó en manos de algunos cortesanos, como el visir Ay y el general Horemheb, futuros faraones ambos, que paliaron el escaso interés del faraón por los asuntos políticos, ensimismado en sus meditaciones religiosas.

Ajenatón se casó con la bella Nefertiti, cuyo nombre, «la bella ha llegado», hizo que se especulara sobre si podría tratarse de una princesa asiática llegada a Egipto como consecuencia de un tratado. La reina Nefertiti fue madre de las seis hijas del rey, que solo tuvo un hijo varón con una esposa secundaria, el famoso Tutankamón. La desgracia golpeó a la familia real con la muerte de la princesa Meketatón al nacer, la de dos hijas más y tal vez la de la propia reina Nefertiti en un lapso de tiempo muy breve, aunque este episodio está lleno de lagunas. La realidad es que, a pesar de todo lo escrito sobre esta pareja real y su famosa aventura religiosa, lo acontecido durante su reinado está aún muy lejos de comprenderse. Ajenatón permaneció en el trono un máximo de diecisiete años. Se desconocen los detalles de su muerte ni los de la reina, si bien se sabe que el cuerpo de Nefertiti fue originalmente enterrado en la tumba construida para ambos en el interior del desierto, a doce kilómetros de Amarna. El cuerpo de Ajenatón fue sepultado, en algún momento, en la tumba KV55 del Valle de los Reyes, seguramente para evitar las profanaciones de los partidarios del dios Amón.

Lo sucedido a partir de este momento son todo especulaciones. En medio del derrumbe del Estado y del abandono progresivo de la ciudad de Amarna, sube al trono el faraón Semenejkara, tal vez hermano del rey Ajenatón y esposo de la princesa Meritatón, hija mayor de Ajenatón. Es probable que ya el propio Semenejkara trasladara de nuevo la corte real a la ciudad de Tebas, pero también hay quien cree que Semenejkara es el nombre de coronación de la propia reina Nefertiti, que habría sobrevivido a Ajenatón, gobernado después de su marido. Una misiva enviada al rey hitita Subiluliuma solicitando el envío de uno de sus hijos para desposar a la reina de Egipto, hallada en el archivo real de Hattusas, pudo ser el grito de desesperación de Nefertiti ante el derrumbamiento de la corte amarniana tras la muerte de Ajenatón. También podría haber sido autora de esta carta la princesa Meritatón, que sucedió a Nefertiti como Gran Esposa Real, o la reina Anjesenamón, hermana de Meritatón, años más tarde, después de haber enviudado del famoso Tutankamón y posteriormente del faraón Ay, con el que también se casó. En realidad, nada es seguro.

Sí se sabe que la princesa Meritatón murió joven, y que Anjesenamón, la mayor de las hijas de Ajenatón que aún vivía, se casó con el sucesor de Semenejkara, el faraón Tutankatón, que cambió su nombre por el de Tutankamón tras el abandono definitivo de la ciudad de Amarna y del culto al dios Atón. Tutankamón fue coronado en Tebas, con sólo nueve años de edad, bajo la atenta mirada de los sacerdotes de Amón. El descubrimiento de su tumba intacta en el Valle de los Reyes, realizado por Howard Carter y Lord Carnarvon en 1922, es uno de los grandes hitos de la arqueología del siglo XX.

La mala salud de Tutankamón, debida mayoritariamente a las secuelas del incesto de sus progenitores, acabó tempranamente con su vida cuando a penas contaba diecisiete años, aunque durante mucho tiempo se especuló sobre la posibilidad de que hubiese sido asesinado. Fue entonces cuando el visir Ay desposó a la joven viuda Anjesenamón y legitimó así su subida al trono. Tras la muerte de Ay, después de sólo tres años de reinado, fue coronado faraón el general Horemheb, que permaneció en el trono durante veintisiete años más. Su reinado sirvió para terminar de poner orden en los asuntos de Estado, reorganizando de nuevo la administración y protegiendo las fronteras del progresivo avance de los hititas. Se desconoce el destino de la reina Anjesenamón. La antigua capital de Ajenatón fue arrasada hasta sus cimientos y jamás volvió a ser habitada. Las excavaciones realizadas en sus ruinas han aportado importantes informaciones sobre este período y sobre la vida cotidiana de Egipto en general. Con el reinado de Horemheb finalizó la turbulenta Dinastía XVIII, que duró doscientos sesenta años. Le sucedería su visir Ramsés, que fue coronado con el nombre de Ramsés I Menpehtyra, dando comienzo a la Dinastía XIX y a la época de los ramésidas, la más conocida e importante de la historia del antiguo Egipto.

La era de los ramésidas

«En la arena, medio enterrado, yace un rostro despedazado. Y en su pedestal se leen estas palabras: Mi nombre es Ozymandias, rey de reyes. ¡Contempla mis obras, oh poderoso, y desespera!
                                                                                                                    Percy Bysshe Shelley

Aunque son muchos los faraones que con los nombres Seti y Ramsés gobernaron Egipto durante el Imperio Nuevo, los más destacados han sido sin duda Seti I, que subió al trono tras Ramsés I; su hijo y sucesor, Ramsés II, ambos pertenecientes a la Dinastía XIX; y Ramsés III, que reinó durante la Dinastía XX.

Seti I, como antes Tutmosis III, fue un faraón guerrero que se dedicó a proteger y consolidar el reino egipcio. Con este fin inició numerosas campañas en el Sinaí, Palestina y Siria, deteniendo su avance en Kadesh, junto al río Orontes, en la actual Siria, desde donde estableció un protectorado egipcio que serviría de freno al avance asiático, sobre todo del creciente Imperio Hitita. Su templo en Abidos, junto a las tumbas de los primeros reyes de Egipto, antecede una construcción subterránea, tal vez mucho más antigua de lo que se admite, conocida como el Osirión o tumba ritual de Osiris. En las paredes del templo puede verse una de las listas reales más extensas que existen.

De su hijo y sucesor, Ramsés II, existen un gran número de documentos escritos. Faraón constructor por excelencia, se conservan de su reinado templos y estatuas por todo el valle del Nilo. Realizó multitud de construcciones y templos menores durante los sesenta y seis años que permaneció en el trono de Egipto. Entre los más notables destacan dos colosos que se erguían frente al templo de Ptah, en Menfis, tallados en alabastro, uno de los cuales se encuentra en el pequeño museo que hay junto a las ruinas de la ciudad. También finalizó la construcción del templo de Luxor, obra del maestro de obras y sacerdote Amenhotep, el hijo de Hapu, visir de Amenofis III, que fue divinizado como hijo del propio Imhotep, el constructor de la pirámide de Saqqara. Frente a los pilonos y en el interior del templo de Luxor pueden verse cuatro estatuas sedentes de Ramsés realizadas en granito, de tamaño colosal.

Su templo funerario, conocido como el Ramesseum, es una de las construcciones más soberbias de la orilla occidental de Tebas. En el patio quedan los restos de una de las mayores estatuas que existieron en Egipto, un gigantesco coloso representando al faraón, de dieciocho metros de altura y más de mil toneladas de peso. Ante su presencia se inspiraron poetas románticos como Shelly, que la llamó Ozymandias, tergiversación griega del nombre de coronación del faraón, Usermaatra. Giovanni Battista Belzoni, contratado por el cónsul general británico, Henry Salt, traslado desde aquí, en 1816, un fragmento de otra colosal estatua de Ramsés que actualmente se exhibe en el Museo Británico.

Pero la más famosa de sus construcciones es sin duda el templo de Abu Simbel, en Nubia, un magnífico ejemplo de escultura arquitectónica, excavado directamente en la roca de la montaña. Su emplazamiento se vio en peligro con la construcción de la presa de Asuán, que lo dejaría sumergido bajo las aguas del lago Nasser, junto a otros muchos templos de Nubia. Durante el programa de salvamento que se originó por este motivo, el templo de Abu Simbel fue cortado en bloques y trasladado a un lugar más elevado, fuera del alcance del agua. La fachada del templo mayor está rematada por cuatro colosos con la efigie del rey. En su interior aparece el propio Ramsés II divinizado, sentado junto a los dioses Ptah, Amón y Ra-Horajti. El templo de Hathor, más pequeño, estaba dedicado a su esposa, la reina Nefertari, que murió muy joven. Su hipogeo, en el Valle de las Reinas, es una de las tumbas más bellas y mejor conservadas de todo Egipto.

Ramsés II fundó en el delta la nueva capital del Imperio Nuevo, Pi-Ramsés, la ciudad de Ramsés, que serviría de avanzadilla contra las posibles invasiones asiáticas. Las rivalidades con el Imperio Hitita fueron constantes a lo largo de su reinado. El enfrentamiento entre el ejército de Ramsés y las tropas hititas del rey Muwatalli en la batalla de Kadesh, junto al río Orontes, en la actual Siria, fue decisiva para mantener el equilibrio político en la zona. Esta batalla está representada como una gran victoria en los pilonos del templo de Luxor, en el templo de Abu Simbel, del Ramesseum y en el exterior del muro oeste de la sala hipóstila del templo de Amón en Karnak. También existen numerosas copias en papiro de una versión novelada conocida como el Poema de Pentaur. Años más tarde, el matrimonio de Ramsés II con la princesa hitita Maathorneferure sellaría un tratado de paz decisivo con el rey Hatusil, sucesor de Muwatalli.

El reinado de Ramsés II es una de las etapas más ricas y prósperas que vivió la civilización egipcia. Le sucedió su hijo Merenptah, que sólo reinó diez años, debido en parte a la avanzada edad con la que subió al trono. Su reinado coincidió con la decadencia del Imperio Hitita, por lo que las fronteras asiáticas vivieron una paz relativa. Sin embargo, se produjo una progresiva emigración de tribus libias hacia el delta, lo que terminó provocando la coalición y movilización de estos pueblos que invadieron Egipto al mando del rey Meryey, hijo de Ded. Merenptah preparó su ejército para repeler la invasión, demostrando la superioridad de las tropas regulares egipcias. De su época se conserva también la llamada Estela de la victoria, en el Museo Egipcio de El Cairo, en la que aparece la única mención existente de los israelitas en un monumento egipcio. La última reina de la dinastía XIX fue Tausert, esposa de Seti II, que se invistió con todos los títulos faraónicos como años antes lo había hecho la reina Hatshepsut.

La Dinastía XX comprende una larga lista de faraones llamados Ramsés, siendo Ramsés III el más importante. Durante su reinado el mundo mediterráneo está convulsionado por multitud de acontecimientos, como la caída de los reinos micénicos, las invasiones dorias y los movimientos masivos de algunos pueblos, como los arameos, hebreos, medos, persas y partos. Hacia el año 1180 a.C., Egipto se vio enfrentado a un peligroso intento de invasión de los llamados «Pueblos del Mar», de la que tenemos noticia gracias al Gran Papiro Harris. Esta confederación de pueblos, desconocidos en su mayoría, entre los que probablemente había filisteos, palestinos y tal vez tirsenos, dánaos y aqueos, habían destruido previamente la mayoría de los grandes imperios del segundo milenio, incluidos el hitita, el cassita y el asirio. La victoria de Ramsés III contra estos invasores está descrita en la pared interior del segundo pilono de su templo funerario, el templo de Medinet Habu, en la orilla occidental de Tebas.

Tras Ramsés III comenzó la larga decadencia del Imperio Nuevo y la de toda la civilización egipcia. Desde ese momento el esplendor de las épocas pasadas fue sólo un recuerdo que afloró puntualmente con algunos faraones especialmente destacados que se inspiraron en él. Los últimos faraones de la Dinastía XX, presenciaron también el final del esplendor del antiguo Egipto, que jamás recuperaría su brillo de antaño. Una larga y progresiva decadencia de las costumbres llevó a la mayoría de los sacerdotes y gobernantes a olvidar la devoción y el respeto debidos a la antigua tradición. En medio del desorden cada vez más generalizado, las tumbas de los reyes y nobles de Tebas fueron saqueadas para robar los tesoros que durante siglos habían garantizado la regeneración del ka de los antepasados, el motor oculto que sustentaba la civilización.

En un papiro de la Época Baja se relata el juicio contra el gobernador de la orilla oeste de Tebas, Pewer, acusado de sacrilegio por saquear las tumbas del Valle de los Reyes, una situación que fue en aumento hasta que el desorden generalizado obligó a un grupo de sacerdotes piadosos a reagrupar las momias de los reyes de Egipto, sacándolas de sus tumbas originales saqueadas por los ladrones, para enterrarlas en secreto en el interior de una tumba anónima de Deir el-Bahari conocida como «el escondrijo». Según el propio relato del egiptólogo Gaston Maspero[1], esta tumba fue encontrada en 1870 por miembros de la familia Abd el-Rassul, famosos saqueadores de tumbas de la aldea de el-Gurnah que comerciaban con antigüedades desde hacía generaciones. Las disputas por el reparto de los tesoros encontrados provocaron la traición que hizo llegar a oídos de las autoridades egipcias la noticia de la existencia de la tumba. Maspero se personó en el lugar para dirigir las investigaciones de la policía, y estas desembocaron en uno de los hallazgos más importantes realizados por la egiptología moderna. Los sarcófagos y las momias de Seti I, Ramsés II, Merenptah, Ramsés V, la reina Henuttawi, esposa de Pinedjen I, la reina Nedjemet, esposa de Herihor, Amenhotep I y su esposa, la reina Meritamón, Tutmosis II y Tutmosis IV, entre otros muchos reyes, nobles y personajes destacados del Imperio Nuevo, se encontraron amontonados desordenadamente, tal y como fueron dejados por los sacerdotes que los rescataron de sus sepulcros originales para enterrarlos allí con un mínimo de dignidad. Tras permanecer expuesta durante muchos años en la Sala de las Momias del Museo Egipcio, en la actualidad esta fabulosa colección puede verse en el Museo Nacional de la Civilización Egipcia, el el barrio de el-Fustat, en El Cairo.

 

[1] Maspero, G.: Les momies royales de Deir el-Bahari, París, 1886.



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